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28 de marzo, 2020 - 12:00

Viaje de Mujeres

Un recorrido por Centroamérica, en donde en cada país se vulneran sus derechos

Redacción

Revista

Viaje de Mujeres
Cortesía
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Ciudad Juárez.- Es muy distinto viajar siendo mujer que siendo hombre. El año pasado me trasladé a Costa Rica por espacio de seis meses, con el fin de realizar una estancia doctoral, y al término del programa decidí, al lado de dos colegas (una politóloga brasileña y una socióloga costarricense), realizar una investigación de campo por tierra, desde Panamá hasta México.

El propósito era observar el fenómeno de la migración con énfasis en las mujeres, los derechos humanos, y realizar un mapeo sobre la dinámica de violencia, los conflictos y la paz en cada país. Aunque fuimos cuidadosas, el recorrido implicaba riesgos, porque la violencia de género nos vulnera constantemente. 

Al externar el proyecto y las ganas de hacer el trayecto, fui advertida por varias personas de prepararme ante la posibilidad de ser agredida o inclusive violada, solo por el hecho de ser mujer. Ante el asombro, incluso un agente de la Dirección de Inteligencia y Seguridad costarricense se ofreció a monitorear nuestro viaje.

En cada frontera fuimos cuestionadas, principalmente por autoridades migratorias (hombres), respecto al objetivo de nuestro viaje, la razón de estar juntas y nuestra profesión. Resultaba incomprensible que estuviésemos cruzando esos límites con un propósito diverso del turismo, que no queríamos ocultar y que fue lo que decidimos contestar. 

En contraste, observamos a hombres viajar solos mochila al hombro, despreocupados y libres durante el trayecto y caminando en las calles. Nosotras tuvimos que viajar en grupo por seguridad, mientras ellos, lo hacían sin el mayor inconveniente. Éramos vulnerables; afrontando riesgos cuando viajamos sin compañía.

Debimos permanecer juntas, cuidarnos y extremar precauciones, al exponernos a múltiples peligros, la incomprensión y la discriminación al cruzar los ejes de etnia, raza, nacionalidad, clase, orientación sexual y demás categorías sociales, de un sistema de opresión que se intensificaba por ser mujeres. 

El interrogatorio

En la frontera con Nicaragua me llevaron a la oficina de migración para ser interrogada sobre el motivo de mi visita. Inquirieron sobre mi profesión y si realizaba alguna actividad periodística. Repitieron sus preguntas hasta que lograron intimidarme.

Con la represión del gobierno de Daniel Ortega hacia las manifestaciones opositoras del 19 de abril de 2018, debido a las reformas a la seguridad social, se levantaron protestas sociales que se tornaron violentas.

Como resultado, se registraron más de 325 muertes oficiales, miles de personas fueron detenidas arbitrariamente y otras tantas quedaron en el exilio. Unos fueron torturados y sentenciados a cientos de años de prisión hasta que Amnistía Internacional intervino para liberarlos. 

Desde entonces se desencadenó una crisis sociopolítica que provocó que estar en ese país se sienta como estar en una cárcel. “No hay ley en Nicaragua que pueda defendernos”, comentaban en las calles. Así fue como la libertad de expresión comenzó a ser censurada y periodistas fueron silenciados. Por estos antecedentes, tuve miedo de que me negaran la entrada al país y ser separada del grupo, lo que me hubiera colocado en un grado alto de vulnerabilidad. 

En Managua, acudí al Museo de la Memoria construido principalmente por la organización Madres de Abril, cuyos hijos estudiantes fueron asesinados en las protestas. Junto con ellas, observé fotografías, vestimentas y objetos personales para recordarlos. Fue edificado para mostrar al mundo lo que realmente había pasado ese día. 

“Esto no va a quedar impune, callaron a nuestros hijos, pero ahora nosotras somos sus voces y no nos cansaremos hasta que haya justicia. El régimen los asesinó”, decían en conjunto. Fueron las mujeres quienes, después de la violencia, se levantaron para exigir justicia. A causa de este episodio, miles de personas, cuyos derechos humanos fueron violados, migraron masivamente a Costa Rica provocando otro problema social. 

Otro día, en la ciudad de Masaya casi fuimos asaltadas con pistola. Para nuestra fortuna, un hombre mayor que descansaba en la esquina de una calle se percató del hecho y le gritó al asaltante: “¡no seas canalla, no las asaltes sin vergüenza!”. Se intimidó y guardó la pistola, dándonos suficiente tiempo para salir corriendo. 

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Triángulo de la Muerte

Decidimos continuar el viaje y nos dirigimos hacia el Triángulo Norte de Centroamérica o mejor conocido como el “Triángulo de la Muerte” conformado por los países de Honduras, El Salvador y Guatemala. Esta región fue considerada por mucho tiempo como la más violenta del mundo, con muertes superiores a regiones en zonas de guerra.  
En Honduras estuvimos en San Pedro Sula y vimos el inicio de la primera caravana migrante de este año con destino a Estados Unidos, que fue anunciada previamente por redes sociales. Desde la madrugada, comenzaron a juntarse cientos de personas, principalmente jóvenes, mujeres embarazadas, ancianos y niños. 

Los observé correr por las calles para subirse a tráileres sin más posesiones que la ropa que llevaban puesta. Tal cual se ve un camión de carga con hierba derramarse por los costados, así se vio la gente desesperada por salir del país. Desde este punto, la migración es hacia el norte, no hacia los países del sur. Los riesgos que enfrentan son: crimen organizado, tráfico de drogas, extorsiones, secuestros y trata de personas. 

Las mujeres sufren más por la vulnerabilidad sexual en la ruta migratoria. Muchas de ellas acuden a centros de salud para aplicarse anticonceptivos en caso de ser agredidas sexualmente.  

Ante la violencia e inseguridad a causa de la migración, se conformaron grupos de mujeres para generar conciencia a una sociedad abatida por conflictos y desesperanzas. Erika Maldonado es una de las fundadoras del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos de El Progreso, Honduras (Cofamipro), que en 1999 iniciaron la búsqueda de migrantes desaparecidos. 

Erika Maldonado contó que su hija desapareció en el recorrido a Estados Unidos. Su desesperación por saber qué le había ocurrido, la hizo montarse en una “caravana de madres” para buscarla. A través de la radio, entrevistas y redes sociales, pudieron encontrar a varias personas, incluyendo a su hija, quien se quedó varada en Tonalá, Chiapas. 

Después de un tiempo, intentó ayudarla a regresar a casa, pero en el trayecto de vuelta falleció: “mi hija murió por la migración, lo único que me tranquiliza es que aquí la tengo enterrada”, relató.
  
¿Por qué migró?
—Porque no podía trabajar aquí, era muy inseguro. Debía cruzar cerca de un río para ir a trabajar a la fábrica y la asaltaron varias veces. Era vulnerable por ser pobre, sin estudios y mujer. Su sueño era construir un cuartito y ayudarme, y supo que no podría lograrlo aquí. 

¿Por qué migran las personas ahora? 
—En aquellos tiempos, cuando iniciaron las caravanas, era porque no se ganaba nada y por la delincuencia. Ahora, además se van porque están amenazadas, las han extorsionado, han matado a miembros de su familia y mejor agarran camino. Ya no quieren morir en su tierra, prefieren hacerlo en el camino hacia algo mejor.

¿Quiénes los amenazan? 
—Las Maras, los extorsionadores, el crimen organizado o más bien, el crimen autorizado, porque ahí están las autoridades de por medio. Antes la migración era por necesidad, no había vivienda, trabajo y oportunidades. Ahora se van para preservar su vida. Es una migración forzada. 

Su organización ha decidido informar a las personas que migrarán a hacerlo de manera segura, les informan sobre sus derechos y les brindan contactos de embajadas y hospitales.

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México, el maltrato

El viaje continuó hasta llegar a la frontera con Tapachula, Chiapas. En este lugar fuimos nuevamente interrogadas e intimidadas. Nos hicieron las mismas preguntas que ya habíamos escuchado en otras fronteras. Nos retuvieron documentos y fuimos separadas del resto de los pasajeros del autobús. Mis colegas fueron maltratadas verbalmente cuestionando la “verdadera” intención de ingresar a México, como si fuesen migrantes ilegales tratando de llegar a Estados Unidos. 

Concluí que la violencia no tiene género, pero hay agresiones a las que las mujeres somos más proclives por la situación de dominación y de poder estructural que existe en la sociedad. Nosotras mismas experimentamos esa dura realidad que padecen cientos de personas al viajar por América Central. 

El trato de las autoridades abonó a reforzar esta conducta de dominación, posiblemente por ser mujeres. Ante ello, es imposible permanecer indiferente ante el tipo de violencia que nos vulnera más, que es estructural, y que muchas veces por ser inadvertida se perpetúa contribuyendo a que mute de diversas formas más agresivas.

La educación para la paz es apremiante en el mundo, para que así disminuya la violencia y se respeten los derechos humanos. Es un gran reto, pero es posible con la unión de voluntades encaminadas a lograr la paz. Sin duda, más que un viaje fue una experiencia de vida que, con muchas emociones, se queda en mi memoria.
 

Colaboración de Flor Yañez para Revista Net

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