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El Muro: un negocio, una división y un reto a la vez

Por: Luis Fierro | 10 de marzo, 2017 - 21:30 | Revista |
Net Noticias | Luis Fierro

“Jales es jale y hay que ponerle, aquí y en China, yo no me agüito ¿por qué iba a  agüitarme?”. Nacido en ciudad Juárez, “Ramón” es uno de tantos obreros nacidos en este país que están construyendo un nuevo muro entre México y Estados Unidos, sin remordimiento o preocupación alguna.

“Si no lo hacemos nosotros alguien más lo va a hacer. Ni el Trump ni el patrón pagan bien, pero hay que seguir dándole”, refiere el joven albañil.

La obra se lleva a cabo en la zona limítrofe entre Anapra, una de las colonias más pobres de Juárez, y Sunland, Nuevo México.

El nuevo muro no es el que tanto ha promovido el nuevo presidente de la vecina nación. La instalación comenzó desde mayo del 2016 y en realidad es una renovación, ya que en esta parte de la frontera había una malla de unos 3 metros de altura la cual era fácil de evadir para ingresar al territorio estadounidense.

Ahora cuadrillas de trabajadores, conformadas en su totalidad por mexicanos o hijos de estos que radican legalmente en EU sustituyen la vieja malla por unas barras de metal de unos seis metros, cubiertas de lámina en la parte superior.

En la frontera del estado de Chihuahua con Texas y Nuevo México, que abarca unos 715 Kilómetros, hay zonas en las que no existe barrera alguna que impida pasar de una nación a otra, también tramos cuentan con una malla, en otros el nuevo muro, y en la mayor parte solo divide el Rio Bravo.

Un muro que es negocio, legal e ilegal

Es el desierto de Chihuahua, aunque es invierno los días son calurosos bajo el inclemente sol y se reciente aún más cuando se está soldando acero, batiendo cemento, fijando varillas o acomodando pesadas vigas de fierro puro.

Los trabajadores que levantan el muro no tienen posibilidad alguna de poder comprar un refresco o golosina, la tienda más cercana está a unos dos kilómetros.

Pero Luis y sus amigos son la salvación. Son estudiantes de secundaria vecinos de Anapra que acuden todos los días a emplearse como “mandaderos” de los albañiles “gringos”.

“Me piden mucho Gatorades y Powerades”, comenta el joven de 13 años, quien tras su jornada en la escuela se acerca al muro para levantar pedidos y correr a los abarrotes que están a menos de 100 metros, en el lado mexicano.

Aunque en pequeño, finalmente se trata de comercio ilegal, ya que Luis entrega todo por entre el muro o los espacios abiertos que hay entre la edificación, pero a los “migras” que cuidan la zona parece no importarles, ante ellos pasa todo y ni siquiera se inmutan.

Cada día representa para Luis unos 20 dólares en propinas, alrededor de 400 pesos diarios al tipo de cambio actual. “Me dan unos cinco dólares cada vez que voy por algo, y son como tres o cuatro viajes por tarde”, revela el estudiante.

Luis y sus amigos no son los únicos que han visto un buen negocio en la renovación del muro.

“Se roban como mil dólares al día”, de acuerdo con uno de los supervisores de cuadrilla, que pidió reservar su identidad, cada noche desde el lado mexicano se desmantela parte de la construcción del nuevo muro.

Los saqueadores se llevan principalmente varilla, alambre, tornillos, clavo y fierro, sin que las autoridades estadounidenses puedan hacer algo ya que al estar en territorio de México no pueden arrestarlos, mientras que la policía mexicana tampoco puede actuar al estar el material robado “fuera del país”.

Además, la oscuridad los hace prácticamente indetectables. “Pues no está bien, pero si a la gente le ayuda, que se lo robe. Ya que los primos (Estados Unidos) paguen. El Trump dijo que México iba a pagar por el muro, pero se me hace que aquí se lo están chin…do”, dijo el supervisor entrevistado.

Al caer la noche.

Es la calle Isla de Sacrificios, una de las últimas de la periferia de Juárez. Los vecinos de la zona viven a unos metros de los Estados Unidos.

En unos meses habrá un alto muro, pero a la fecha sigue la malla ciclónica como única división internacional. Durante el día es una típica colonia popular de Juárez, donde las familias van y vienen a los trabajos, escuelas. No hay pavimento, todo es polvo. Algunas casas son muy humildes, contrastan con otras de dos pisos, de altas bardas y hasta chimenea. Según cuentan los residentes en esas mansiones vivieron muchos capos del narcotráfico, pero que ya dejaron el sitio huyendo, están en la cárcel o los mataron sus rivales.

Sin embargo al caer la noche comienzan a llegar ilegales que buscan llegar a El Paso, Texas.

La malla es fácil de evadir, ya que a simple vista no se nota pero está plagada de cortes que le han hecho los polleros. Son incisiones por las que apenas cabe una persona.

Entre la oscuridad el servicio del pollero consiste en guiar al migrante hasta una de las aberturas, y luego avisarle del momento oportuno para internarse. Tras años de colindancia conocen a la perfección las rutinas de las patrullas y motos de la Border Patrol, y aunque estos cambian frecuentemente sus patrones en unos cuantos días ya están de nuevo identificados.

Cuando uno de los accesos es descubierto y clausurado no pasa gran cosa, se puede saltar, al fin que una reja de apenas tres metros no representa un gran esfuerzo.

 

“Que pongan muros, vamos a pasar por arriba, por abajo, por donde sea. Y si queremos dejamos de pasar aunque nos abran la aduana”, comentó entre risas uno de los constructores del muro, asumiéndose como mexicano ilegal, a pesar de contar con visa de residencia en los Estados Unidos.