8.5°C / 47.3°F
Dólar: $19.64 - $20.62

Tlatelolco no se olvida

Por: Mónica Alicia Juárez | 14 de octubre, 2016 - 17:32 | Opinion_Chihuahua |

Cada 2 de octubre recordamos la tragedia ocurrida en 1968 en la capital mexicana, donde incontables vidas fueron truncadas en asesinato masivo perpetrado por la autoridad institucional, un crimen de Estado que no ha sido esclarecido ni penalizado después de 48 años.

Antecedentes

Recordemos lo que sucedía al finalizar la década de los 50´s al triunfo de la Revolución Cubana que simbolizaba la hazaña de enfrentarse al poder absoluto de un gobierno que atentaba contra el pueblo y lo que representaba para los protagonistas: el tránsito del capitalismo al comunismo, visto éste como solución reconstructiva social.

Inspirados en ese acontecimiento (revolución cubana) un grupo pequeño de campesinos y profesores atacaron el cuartel de Madera, Chihuahua, el 23 de Septiembre de 1965 con el objetivo de detonar un movimiento similar en todo el país y derrocar al régimen imperante pleno de desigualdad.

La juventud mexicana rebelde en general, se sentía inspirada y se autoproclamaba revolucionaria.

Particularmente en los internados del sistema de escuelas normales rurales, donde surgieron líderes que encabezaron  – ya siendo maestros – movimientos subversivos (guerra de guerrillas) en el sur del país, como fueron: Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas.

En 1968, en vísperas de la inauguración de las olimpiadas en nuestro país, siendo presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz y secretario de Gobernación Luis Echevarría Álvarez, el ambiente en la Cd. de México estaba sumamente enrarecido. Manifestaciones populares de protesta en las calles se multiplicaban y fortalecían.

El estudiantado se organizaba y cuestionaba el ejercicio del poder y la situación prevaleciente de las grandes mayorías depauperadas y reprimidas.

Un incidente de enfrentamiento entre preparatorianos sirvió de pretexto justificante para que las fuerzas del orden público irrumpieran en planteles escolares, hasta violentar posteriormente la autonomía de la máxima casa de estudios: la Universidad Autónoma de México.

La respuesta de la comunidad universitaria fue unánime e inmediata: repudio total público a las estrategias de control implementadas por la Secretaria de Gobernación en colusión con la Presidencia de  la República.

Diariamente se realizaban marchas, mítines, reuniones intra y extra muros.

Los medios de información masiva difundían proclamas y eventos de inconformes al país y al mundo.

En una de las grandes concentraciones, el dos de octubre, en la explanada que comprende la plaza de las tres culturas en la unidad habitacional de Tlatelolco, al atardecer se escribió una historia de horror y muerte.

Los altoparlantes elevaban el volumen de voz de los jóvenes oradores y de los organizadores estudiantiles convocando al orden. Los escuchas asistentes crecieron en número hasta formar una gran masa.

Un helicóptero en el espacio, una señal luminosa rasgando el firmamento marcó el inicio de la masacre.

Decenas de oficiales profesionales en el uso de armas de fuego – distinguidos  por un guante blanco – colocados estratégicamente en todos los puntos circundantes de la plaza a nivel de suelo y desde las alturas, hicieron funcionar inmisericordes las armas de alto poder, cazando materialmente a los manifestantes y espectadores totalmente indefensos y expuestos.

El piso debe haberse teñido de rojo y la multitud de cadáveres y heridos deben haber configurado un espectáculo dantesco inolvidable.

Paralelamente a las detonaciones, se presentaron los golpes, persecuciones, allanamientos, destrucción, abuso, detenciones, desapariciones forzadas.

Todo lo que pudiera ser consignado por testigos, fue acallado brutalmente.

Al amanecer del 03 de Octubre no apareció ni un solo rastro del acontecimiento. La plaza se percibía impecable, silenciosa, desierta.

La prensa libre fue confiscada. Los medios electrónicos controlados, no consignaron el hecho.

Ahí, en Tlatelolco, no había sucedido ningún acto de violencia.

El 12 de octubre de aquel 1968, en la inauguración de los juegos olímpicos, el presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz con firme ademán y voz clara expresó: “Ofrecemos y deseamos la paz a todos los pueblos de la Tierra”, mientras decenas de palomas blancas, inmaculadas, desplegaban sus alas dibujando en el firmamento el trazo de un mensaje universal de concordia y bienaventuranza.

Era la proclama de un jefe de Estado que diez días atrás, había consentido en la masacre de su pueblo.